Zumalacárregui
Zumalacárregui Fueron panegiristas del insigne muerto en aquel triste día de San Juan, todos los que en vida le habían amado: los cuatro ayudantes, el fraile Cirilo, Capapé, la hermana, el cuñado y sobrinos. El único de los buenos amigos que nada dijo ni pudo decir fue el buen capellán aragonés José Fago. Todas sus ideas y apreciaciones sobre la vida y muerte del insigne pastor de tropas se las reservaba para mejor ocasión. ¿Qué le había ocurrido? Pues nada. Al mediodía del mismo aciago 24, el sacristán, extrañando no verle, entró en el cuarto donde dormía, y le encontró inmóvil sobre la cama, boca abajo. Por más que le llamaba, añadiendo a la palabra tirones de orejas y estrujones en los brazos, el capellán no daba acuerdo de sí. ¿Qué había de dar si estaba muerto?…
Más muerto que su abuelo. Corrió el sacristán a contar al cura la inopinada desgracia, y ambos la comentaron con grande sorpresa y aspavientos de aflicción.