Zumalacárregui

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Sentía el cura de todas veras que el capellán hubiese muerto sin los auxilios espirituales; mas no teniendo remedio el caso, no había que pensar más en ello, y lo único procedente era enterrarle y encomendar a Dios su alma. «Dios sabrá lo que le conviene», dijo el cura; y el sacristán: «Sr. D. Florencio, la muerte de este hombre es cosa de grande confusión. No sabemos qué enfermedad padecía, aunque para mí era un mal de la cabeza. No regía bien de las entendederas. Decía cosas muy raras, y peores eran las que se callaba. Anoche, cuando se acostó, fui a verle: «¿Qué se le ofrece, señor?». Y me contestó: «Un vasito de agua». Luego no decía más que «nos morimos, nos morimos», y dale con que nos morimos.

—Puesto que tu huésped enfermo —le dijo el cura—, tan a poca costa te ha salido por alimento y botica, encomiéndale a Dios fervorosamente: si fue bueno, porque fue bueno; si fue malo, porque fue malo. Con nuestras oraciones y nuestros sufragios cumplimos, y a Dios toca darle su merecido».

Oídas estas graves razones, ya no pensó el sacristán más que en enterrar a su difunto, y ello se hizo el 25 por la mañana, poco antes del entierro y funerales de Zumalacárregui. A éste le vistieron de frac, por no tener uniforme de General. Asistió todo el pueblo con profunda desolación.


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