Zumalacárregui

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Cuando le sacaron de la casa para llevarle a la iglesia en hombros de los fieles granaderos, se produjo en la multitud un silencio grave. No se oía ni el bullicio de los pájaros en los árboles de la huerta próxima y en las márgenes del torrente. Casi todas las mujeres que lavaban, los pies en el río, suspendieron su tarea. Unas rezaban, otras seguían con curiosa mirada el tristísimo cortejo. Digo casi todas, porque una de ellas, la más joven quizás, alta, morena, ojerosa, se mostró insensible al duelo general, y mirando al agua enturbiada por el jabón, dijo con cruel entereza: «Bien muerto está… Mandó fusilar a mi padre».

FIN DE ZUMALACÁRREGUI

Madrid, Abril-Mayo de 1898.








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