Zumalacárregui

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A este punto llegaba la moza de su relación, cuando oyeron gran tiroteo y vieron aumentada la humareda que envolvía la iglesia.

«Padrico del alma —dijo una de las más afligidas, llamada Claudia, que era mujer legítima de un urbano—, lléguese a ver qué pasa…

—Por lo visto —replicó Fago—, se han roto las hostilidades, y creo que los señores cívicos lo pasarán mal.

—Son tercos, y morirán antes de rendirse —observó otra llorando, pero sin perder la entereza.

—Mosén, vea lo que hay, y venga después a contárnoslo —indicó una tercera—. Si les dan cuartel, deberían rendirse, que harto han hecho ya por la bandera urbana y por la Reina chiquitita. ¡Ay, Dios mío, qué será de ellos!

—Que Dios les dé fortaleza; que no se entreguen.

—Que vivan, aunque tengan que entregarse.

—No, no… rendirse no. Cada uno mira por la honrilla… ¡Que viva el Cuerpo!

—Eso, eso… lo primerico el Cuerpo.

—Que es el alma, como quien dice, el amor propio de uno… de una también, porque lo que aquí sobra es patriotismo».


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