Zumalacárregui
Zumalacárregui —Es Rey, el Monarca legítimo, Saloma, y todo lo demás es intriga y usurpación de los impíos y masones de Madrid. Pero el infierno no puede triunfar, aunque Dios le permita ventajas pasajeras para probar a los buenos.
—¿Y los buenos son ésos, ésos, los de Don Zamarra? —preguntó la baturra, picaresca, con toda la malicia y desvergüenza del mundo en su bello rostro—. ¿Lo cree usted, Padrico?
—Como ésta es noche. Creo en la legitimidad, creo en los derechos indiscutibles de D. Carlos, creo que los ejércitos carlinos defienden al verdadero Rey y al Dios verdadero.
—Y yo creo que es usted bobo. Miá que Dios… ¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a Mediagorra?
Fago callaba, sin saber qué decir. Atravesaron solos un campo yermo, y halláronse sin saber cómo en el camino por donde marchaban las tropas. Un mozo de los que habían conocido a Fago en Falces se llegó al grupo, y extrañando ver al clérigo en tal compañía, le dijo: «Mosén Custodio, no se deje engañar de ésa. La conozco, y sé que es muy perra».