Zumalacárregui
Zumalacárregui Trabáronse de palabras y un poco de empujones la moza y el baturro, llevando la mejor parte Saloma, que le dijo: «Anda allá, falso… ¿Tú quién eres? Un hambrón… Has venido aquí pa comer, porque en tu casa no lo hay.
—Vete, vete pronto a orilla de los guiris.
—Sí que me voy. Y tú y Zamarra… detrás de la boñiga del legítimo.
—A mucha honra.
—Y yo voy onde quiero. Con bustedes si me da la gana».
Agregáronse otros, y con jovialidades de dudoso gusto la incitaban a subir con ellos a una de las galeras.
«¡Miá que yo…! Voy a Cadreita, donde dejé mi legítima… la burra, hombre… Allí me monto, y muera la faición.
—Anda, saltamontes, zanganota.
—Llévense al Mosén, que está arguelladico».
Apareciose de improviso el capellán Ibarburu, furioso contra los chicos, a los que amenazaba con su bastón, diciéndoles: «Animales, os estoy buscando hace una hora. ¿En dónde tenéis el carro?
—Allí está, señor. Monte cuando guste».
Reparó Ibarburu en el bulto del capellán, y al pronto no le reconoció por estar encorvado, calladico y pasado de frío, hambre y tristeza.