Zumalacárregui

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—Herejía, no… Y puede que lo sea, porque pone usted en duda la excelsa sabiduría y el supremo criterio con que el Altísimo decide las querellas de los hombres, haciendo prevalecer a los buenos sobre los malos.

—Bueno; pues concedo. No riñamos por eso.

—Y en prueba de concordia sobre este punto importantísimo, recemos, amigo Fago, recemos; no sólo para pedir a Dios perdón de nuestras culpas, sino para que nos conceda…

—Un poco de artillería, que es lo que más falta nos hace —declaró Fago terminando jovialmente el concepto.

—Diga usted que es lo único que nos hace falta. Que nos den cañones… y me río yo del paso del Ebro… En fin, recemos».

Rezaron un buen cuarto de hora, y luego Ibarburu, disponiéndose a dormir, rebozada la cabeza en la sábana, por no tener gorro con que defenderla del frío, se despidió de su amigo con estas palabras:

«¿Y a mí se me permite hablar con sinceridad, sin el artificio de la falsa modestia, diciendo, a estilo de Fago, todo, todito lo que pienso?

—Claro que se permite… Es más: se prohíbe en absoluto la hipocresía; quedan abolidos los remilgos del disimulo.


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