Zumalacárregui
Zumalacárregui —Pues Ceferino Ibarburu no se ruboriza de afirmar que se conceptúa necesario en el ejército del Rey legítimo, y que está plenamente convencido de que, el día del triunfo, sus servicios no pueden ser en justicia recompensados con menos que con una mitra».
Ya no dijo más, y se quedó dormido. «¡Una mitra! —pensó Fago paseándose—. Éste será obispo… y yo… nada». Sorprendiéronle en vela las primeras luces del día.