Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Érase una vez un rey y una reina que, por no tener hijos, estaban tan afligidos, tan afligidos, que no hay palabras para decirlo. Fueron a todas las aguas[82] del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo lo pusieron en práctica, sin que sirviera de nada.
Sin embargo, la Reina quedó por fin encinta y dio a luz una niña: hicieron un hermoso bautizo; eligieron para madrinas de la Princesita a todas las hadas que pudieron encontrar en el país (se encontraron siete), para que al otorgarle cada una un don, como era costumbre entre las hadas de aquel tiempo, la Princesa tuviera todas las perfecciones imaginables.
Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del Rey, donde se celebraba un gran festín para las hadas. Colocaron ante cada una de ellas un magnífico cubierto, con un estuche de oro macizo, donde venía una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, guarnecido de diamantes y rubíes. Pero, cuando cada cual estaba sentándose a la mesa, vieron entrar a un hada vieja, a quien no habían convidado porque hacía más de cincuenta años que no salía de una torre, y la creían muerta o encantada.