Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault El Rey mandó que le dieran un cubierto, pero no hubo manera de darle un estuche de oro macizo como a las demás, porque no habían mandado hacer más que siete para las siete hadas. La vieja pensó que la despreciaban y masculló amenazas entre dientes. Una de las hadas jóvenes, que se encontraba a su lado, lo oyó e, imaginando que podría depararle a la Princesita algún don desapacible, en cuanto se levantaron de la mesa fue a esconderse detrás de las cortinas, para hablar la última y poder reparar hasta donde le fuera posible el daño que hubiera hecho la vieja.
Entre tanto, las hadas empezaron a conceder sus dones a la Princesa. La más joven le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo; la siguiente, el de tener ingenio como un ángel; la tercera, el de mostrar una gracia admirable en todo lo que hiciera; la cuarta, el de bailar perfectamente; la quinta, el de cantar como un ruiseñor, y la sexta, el de tocar con suma perfección toda clase de instrumentos. Al llegarle el turno a la vieja hada, dijo, sacudiendo la cabeza más por despecho que por su vejez, que la Princesa se atravesaría la mano con un huso y a consecuencia moriría. Aquel terrible don hizo estremecerse a todos los invitados y no hubo nadie que no llorase.
En aquel instante la joven hada salió de detrás de las cortinas y dijo en alta voz estas palabras: