Cuentos de Perrault

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Al principio no vio nada, porque las ventanas estaban cerradas; después de algunos momentos empezó a ver que el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada, y que en la sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y sujetas a lo largo de las paredes (eran todas las mujeres con las que Barba azul se había casado y que había degollado una tras otra). Pensó morirse de miedo, y la llave del gabinete, que acababa de sacar de la cerradura, se le cayó de la mano.

Después de haberse recobrado un poco, recogió la llave, volvió a cerrar la puerta y subió a su habitación para reponerse un poco; pero no lo conseguía de tan agitada como estaba. Habiendo notado que la llave estaba manchada de sangre, la secó dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por más que la lavaba e incluso la frotaba con arena y asperón[97], siempre quedaba sangre, pues la llave estaba encantada y no había manera de limpiarla del todo: cuando se quitaba la sangre de un sitio, aparecía en otro.

Barba azul volvió aquella misma noche de su viaje y dijo que había recibido cartas en camino que le anunciaban que el asunto por el cual se había ido acababa de solucionarse a favor suyo. Su mujer hizo todo lo que pudo por demostrarle que estaba encantada de su rápida vuelta.


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