Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault —¡Vamos, baja en seguida —gritaba Barba azul— o subo yo a por ti!
—Voy —respondÃa su mujer, y luego gritaba—: Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?
—Veo —respondió su hermana— una gran polvareda que se dirige hacia acá.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, no, hermana! Es un rebaño de ovejas.
—¿Quieres bajar de una vez? —gritaba Barba azul.
—Un momento —respondÃa su mujer; y luego, gritaba—: Ana, hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?
—Veo —respondió— dos caballeros que se dirigen hacia acá, pero todavÃa están muy lejos… ¡Bendito sea Dios! —exclamó un momento después—. Son mis hermanos: estoy haciéndoles todas las señas que puedo para que se den prisa.
Barba azul se puso a gritar tan fuerte, que toda la casa tembló.
La pobre mujer bajó y fue a arrojarse a sus pies, llorosa y desmelenada.
—Es inútil —dijo Barba azul—, tienes que morir.
Luego, cogiéndola con una mano por los cabellos y levantando el gran cuchillo en el aire con la otra, iba a cortarle la cabeza.