Cuentos de Perrault

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El hijo del Rey la colocó en el lugar más honorable y luego la sacó a bailar. Bailó ella con tanta gracia, que la admiraron aún más. Trajeron una cena[114] suculenta, que el joven príncipe no probó, de tan ocupado como estaba en contemplarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil demostraciones de cortesía: compartió con ellas las naranjas y los limones[115] que el príncipe le había dado, cosa que les sorprendió mucho, pues no la conocían de nada.

Estaban así hablando, cuando Cenicienta oyó que daban las doce menos cuarto de la noche: hizo al instante una gran reverencia a todos los presentes y se fue lo más rápido que pudo.

En cuanto hubo llegado, se fue a ver a su madrina y, después de darle las gracias, le dijo que desearía ir otra vez al baile al día siguiente, pues el hijo del Rey se lo había rogado.

Según estaba entretenida en contar a su madrina todo lo que había pasado en el baile, las dos hermanas llamaron a la puerta:

Cenicienta fue a abrirles.

—¡Cuánto habéis tardado en volver! —les dijo bostezando, frotándose los ojos y volviéndose a tumbar como si acabara de despertarse; sin embargo, no le había entrado ninguna gana de dormir desde que las había dejado.


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