Cuentos de Perrault

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—Si a un hombre sin inteligencia —respondió Riquete el del copete— se le admitiría, como acabáis de decir, que os reprochara vuestra falta de palabra, ¿por qué queréis, señora, que no haga lo mismo yo en un asunto del que depende toda la felicidad de mi vida? ¿Es razonable que las personas que tienen inteligencia estén en peores condiciones que las que no la tienen? ¿Podéis pretenderlo vos, que tanta tenéis y que tanta deseasteis tener? Pero, si os parece, vayamos al grano. Exceptuando mi fealdad, ¿hay algo más en mí que os desagrade? ¿Estáis descontenta de mi nacimiento, de mi inteligencia, de mi carácter y de mis modales?

—De ningún modo —respondió la Princesa—, en vos me gusta todo lo que acabáis de decirme.

—Si es así —prosiguió Riquete el del copete—, voy a ser feliz, ya que vos podéis convertirme en el más agradable de todos los hombres.

—¿Y cómo puede hacerse eso? —le dijo la Princesa.

—Eso se hará —respondió Riquete el del copete—, si me amáis lo suficiente como para desear que así sea; y para que no dudéis más, señora, sabed que la misma hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder hacer inteligente a la persona que me gustase, también os concedió a vos el don de poder hacer hermosa a la persona a quien vos quisierais conceder esa gracia.


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