Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault —Señora —dijo él—, aquà me tenéis puntual en mantener mi palabra y no dudo de que vos hayáis venido aquà para cumplir la vuestra y hacerme, dándome vuestra mano, el más feliz de todos los hombres.
—Os confesaré francamente —respondió la Princesa— que todavÃa no he tomado una decisión y que no creo poder nunca tomarla como vos la deseáis.
—Me sorprendéis, señora —le dijo Riquete el del copete.
—Lo creo —dijo la Princesa—, e indudablemente, si tuviera que vérmelas con un hombre malcriado y sin inteligencia, me verÃa en una situación muy embarazosa. «Una princesa no tiene más que una palabra, me dirÃais, y tenéis que casaros conmigo, puesto que me lo habéis prometido»; pero como la persona con quien hablo es el hombre más inteligente del mundo, estoy segura de que sabrá atenerse a razones. Vos sabéis que, cuando era tonta, a pesar de todo no podÃa decidirme a casarme con vos: ¿cómo queréis que con la inteligencia que me habéis dado, y que me hace todavÃa más exigente de lo que era en materia de gente, tome hoy una resolución que no pude tomar en aquel momento? Si pensabais de verdad en casaros conmigo, habéis cometido el gran error de sacarme de mi necedad y hacer que vea más claro de lo que veÃa.