Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Al mismo tiempo se abrió la tierra, y vio bajo sus pies algo asà como una gran cocina llena de cocineros, marmitones, y toda clase de encargados necesarios para organizar un magnÃfico banquete. Salió de ella un grupo de veinte o treinta asadores, que fueron a acampar en una avenida del bosque alrededor de una mesa muy larga, y que, con la aguja de mechar en la mano y el rabo de zorro[121] cayéndoles sobre la oreja, se pusieron a trabajar al compás de una armoniosa canción. La Princesa, extrañada por el espectáculo, les preguntó para quién trabajaban.
—Es, señora —le respondió el más notable del grupo—, para el prÃncipe Riquete el del copete, cuya boda se celebrará mañana.
La Princesa, aún más sorprendida de lo que habÃa estado, y acordándose de pronto de que hacÃa un año, tal dÃa como aquel, habÃa prometido casarse con el prÃncipe Riquete el del copete, se quedó de una pieza.
El hecho de que no se acordara se debÃa a que cuando hizo aquella promesa era tonta y, al adquirir la nueva inteligencia que el PrÃncipe le habÃa concedido, habÃa olvidado todas sus tonterÃas.
No habÃa dado treinta pasos siguiendo su paseo, cuando se presentó ante ella Riquete el del copete, elegante, magnÃfico y como un prÃncipe que va a casarse.