Cuentos de Perrault

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Pulgarcito, que había notado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y que temía que le entraran al ogro remordimientos por no haberlos degollado aquella misma noche, se levantó hacia medianoche y, cogiendo los gorros de sus hermanos y el suyo, fue muy despacito a ponérselos en la cabeza de las siete hijas del ogro, después de quitarles sus coronas de oro, que puso en la cabeza de sus hermanos y en la suya, con el fin de que el ogro los tomara por sus hijas, y a sus hijas por los niños a quienes quería degollar. La cosa resultó como lo había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado sobre las doce, sintió haber dejado para el día siguiente lo que podía hacer la víspera; y así, se arrojó bruscamente de la cama y, cogiendo su gran cuchillo:

—Vamos a ver —dijo— cómo se encuentran nuestros picaruelos; no lo pensemos dos veces.

Así que subió a tientas a la habitación de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los niños, que dormían todos, excepto Pulgarcito, el cual tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tocaba la cabeza, como había tocado la de todos sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:

—Pues sí —dijo—, buena la iba a hacer; estoy viendo que anoche bebí más de la cuenta.

Se dirigió después a la cama de sus hijas, donde, al sentir los gorritos de los chicos:


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