Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault —¡Ay! ¿Qué he hecho? —exclamó—. Me la van a pagar esos desgraciados, y ahora mismo.
Echó en seguida un jarro de agua en las narices de su mujer y, habiéndola hecho volver en sÃ, le dijo:
—Dame rápidamente las botas de siete leguas para ir a atraparlos.
Emprendió la marcha y, después de haber corrido mucho en todas direcciones, por fin fue a dar al camino por el que iban los pobres niños, que no estaban más que a cien pasos de la casa de su padre. Vieron al ogro, que iba de montaña en montaña y que cruzaba rÃos con la misma facilidad con que hubiera cruzado el más pequeño riachuelo. Pulgarcito, que vio una roca hueca cercana al lugar donde estaban, mandó esconder en ella a sus seis hermanos y se metió también él, sin dejar de mirar lo que hacÃa el ogro.
El ogro, que estaba muy cansado del largo camino que habÃa andado inútilmente (pues las botas de siete leguas fatigan mucho a un hombre), quiso descansar, y por casualidad fue a sentarse encima de la roca donde los niños se habÃan escondido. Como ya no podÃa más de cansancio, se durmió después de haber descansado un rato, y llegó a roncar tan espantosamente, que los pobres niños no pasaron menos miedo que cuando llevaba su gran cuchillo para cortarles el cuello.
