Cuentos de Perrault

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Pulgarcito no tuvo tanto miedo, y dijo a sus hermanos que huyeran rápidamente a casa, mientras el ogro dormía profundamente, y que no pasaran cuidado por él. Siguieron su consejo y llegaron en seguida a casa.

Pulgarcito, habiéndose acercado al ogro, le quitó suavemente las botas, y se las puso al instante. Las botas eran muy grandes y muy anchas; pero, como estaban encantadas, tenían el don de agrandarse y empequeñecerse según la pierna del que las calzaba, de forma que se ajustaban a sus pies y a sus piernas como si las hubieran hecho para él. Se fue directamente a casa del ogro, donde encontró a su mujer, que estaba llorando al lado de sus hijas degolladas:

—Vuestro marido —le dijo Pulgarcito— corre mucho peligro, pues ha caído en manos de una banda de ladrones, que han jurado matarlo si no les da todo el oro y la plata que tenga. Cuando ya estaba con el puñal al cuello, me vio y me rogó que viniera a avisaros de la situación en que se encuentra, y que os dijera que me dieseis todo lo que tiene de valor, sin dejar nada, porque de lo contrario lo matarán sin misericordia. Como la cosa urge, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas, como podéis ver, para ir más de prisa, y también para que no creyerais que soy un impostor.


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