Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Veinte años vivirá Perrault a la sombra de Colbert. En ese tiempo será un hombre sumamente ocupado y, en muchos aspectos, el brazo derecho del ministro. Una de las actividades más importantes es la que realiza al frente de la «pequeña academia» ministerial, que Paul Bonnefon ha llamado «departamento de la gloria del rey». Dicho en términos publicitarios, su tarea consiste esencialmente en «crear imagen». En ese «laboratorio de la imagen» Perrault se dedica a componer divisas para medallones, epígrafes, inscripciones para monumentos y esculturas, títulos, subtítulos y leyendas para cuadros y tapices; al mismo tiempo supervisa y corrige los libros que hablan de Luis XIV, alentando unos y censurando otros, promoviendo los que alaban y justifican las conquistas del rey y su figura de padre de pueblos, etc. Como ha escrito Marc Soriano, «se trata, de hecho, de la llave maestra del sistema absolutista, lo que hoy llamaríamos Ministerio de Información (de información dirigida), o de Propaganda, o incluso departamento de public relations». Basta echar una ojeada a la bibliografía de Perrault para ver que una buena parte de su obra lo constituyen opúsculos y poemas de circunstancias, en prosa o en verso, y con una temática sospechosamente monocorde: la grandeza real bajo cualquiera de sus formas, que se traduce en odas laudatorias a la belleza del palacio de turno, ditirambos en honor de las victorias del rey, conmemoraciones de festividades reales, nacimientos y onomásticas, e incluso elogios de las conversiones religiosas tácitamente impuestas por el rey.