Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Las razones que pudo tener Perrault para obrar así son fácilmente comprensibles si analizamos brevemente su situación personal. Tiene a la sazón casi setenta años. Viudo, cuatro hijos, honorable padre de familia y no menos honorable académico. Ha sido durante veinte años inspector general de obras del rey, viviendo a la sombra del poderoso Colbert, siendo casi su brazo derecho. Ha escrito versos galantes, probablemente tan malos como preciosistas; ha escrito poemas en alabanza del rey y de la casa real, probablemente tan malos como laudatorios; unos y otros no han dejado de darle nombre y fama. Frecuenta los salones y tertulias literarias, y en algunos aspectos es una especie de árbitro de la elegancia. Partidario de los modernos en las clásicas querellas de la época, ha llegado a ser un buen burgués, pacifico, hogareño, elegante, no mal acomodado. Por otra parte, los cuentos no eran todavía un género literario. Se contaban en las tertulias literarias, corrían de boca en boca, pero no pasaban al papel impreso. Tanto los «cuentos» de La Fontaine como las «fábulas» de Fénelon son relatos en verso, a caballo entre la novelita y el apólogo. En estas condiciones, y aun sintiéndose tentado por las posibilidades que vislumbra en el cuento, Perrault no se decide a descender a la palestra con unos cuentecillos tan ingenuos como «los de antaño». Empieza pues, por los cuentos en verso, que son recibidos con aplauso y sin reticencias, salvo por Boileau, como era de esperar. Entre la publicación de los cuentos en verso y los Cuentos de antaño han aparecido dos cuentos de la Lhéritier e Inés de Córdoba, una novela de la sobrina de Fontenelle, Catherine Bernard, donde aparece nada menos que un Riquete el del copete. Perrault ya no duda más: empieza publicando La Bella durmiente en el Mercure Galant (1696), y al año siguiente la edición completa de los Cuentos de antaño.