Cuentos de Perrault

Cuentos de Perrault

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Los deseos ridículos tiene una gracia y una rapidez de que, a mi juicio, carecen los otros dos cuentos en verso (por más que a Boileau no le gustara ninguno de los tres y despotricara a placer «del cuento de Piel de Asno y de la mujer con nariz de morcilla, puesto en verso por el señor Perrault, de la Academia francesa»). La concesión del primer deseo, por ejemplo, posee gran plasticidad: no es lo mismo aparecer una morcilla por arte de birlibirloque que aproximarse «serpenteando» desde una esquina de la chimenea. ¡Todavía nos parece estar viéndola salir con la consiguiente sorpresa de Paquita! Igualmente, las observaciones socarronas sobre la belleza de Paquita, echada a perder por la morcilla en la nariz, o esa de que no hay nariz mal modelada si se tiene corona en la cabeza. Con todo, al llegar a la moraleja, nos entra una molesta sensación de desasosiego. Hoy, a casi trescientos años de su composición, nos sentimos tentados a decirle a Monsieur Perrault que mejor hubiera hecho ahorrándosela. Porque una cosa es pedir peras al olmo, como el rey importuno de Grisélidis, y otra muy distinta negar la posibilidad de «formular deseos» a quien a veces más lo necesita.

La Bella durmiente del bosque



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