Cuentos de Perrault

Cuentos de Perrault

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Cenicienta es un cuento delicioso, muy cuidado. No deja de ser simpática la «lógica» del hada, que, antes de convertir la calabaza en carroza, se molesta en vaciarla, o que elige para el cochero bigotudo a una rata «por las magníficas barbas que tenía». (¿Es esta una de esas hadas «cartesianas» de que hablaba Fernand Baldensperger?). En otro aspecto, Perrault ha evitado la monotonía de los tres bailes que presentan algunas tradiciones, reduciéndolos a dos, pero de tal modo que parecen cuatro. Es una secuencia bellísima y que demuestra la habilidad del autor. Los dos bailes son narrados en realidad cuatro veces, casi sin que el lector se dé cuenta, porque las dos hermanas le cuentan a Cenicienta el mismo baile que ella ha protagonizado, pero desde un punto de vista exterior, de espectadoras. Creeríamos estar leyendo el Belarmino y Apolonio de Ramón Pérez de Ayala y su teoría del «perspectivismo» o la visión «desde dos lados». Este ingenioso «juego de espejos» revela la mano de un consumado artista.

Riquete el del copete

El asunto de Riquete el del copete —que aparecía ya en Straparola (II,1) y que después de Perrault repetiría Madame de Beaumont[133] en La Bella y la Bestia— es el milagro del amor, que transfigura todo lo que ama. Casi cuarenta años antes lo había escrito Perrault en su Diálogo del amor y la amistad: el amor «tiene la virtud de embellecer todo lo que ilumina».


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