Cuentos de Perrault

Cuentos de Perrault

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Pulgarcito es verdaderamente un cuento muy estudiado. Diríase que otra vez las hadas «lógicas» —las hadas «cartesianas» de Baldensperger— estuvieron soplándole a Perrault. Y así, los gorros o túnicas de diferentes colores, que aparecen en otras tradiciones para posibilitar el engaño, Perrault los ha sustituido por coronas, para que el ogro pueda reconocerlas al tacto, sin necesidad de encender la luz. Por otro lado, seguimos encontrando las inconfundibles ironías de Perrault a costa de unos y otros: del rico amo del pueblo, que debe diez escudos a los pobres leñadores desde tiempo inmemorial, mientras ellos se están muriendo de hambre —el hambre famosa de 1694-95, que ya vimos en El gato con botas—; también a costa de los pobres campesinos, a quienes trata con una dudosa mezcla de conmiseración y desprecio; y, por supuesto, a costa de las mujeres, en cuyo honor no pierde oportunidad de soltar su puntadita, como cuando, a propósito de las pequeñas ogresas, dice que «no eran todavía malas del todo, pero prometían mucho», etc. No faltan incluso en ocasiones ciertos sutiles toques de humor negro. Y, sobre todo, hay un detalle que se ha olvidado con frecuencia. Es el final. Igual que en Riquete, igual que en Piel de Asno, no falta alguien que afirme otra cosa. Y lo que aseguran de Pulgarcito es, en una palabra, que se ha dedicado a «celestino», a correveidile. La misma ambigüedad de siempre se deja sentir en ese extraño final. La misma ironía sobre las casadas, sobre el amor. ¿Qué pensaba Perrault del amor? ¿Escepticismo, desencanto, incapacidad? Leyendo el final de Pulgarcito, ese curioso «mensajero», uno no puede menos de sentirse tentado a pensar en otro mensajero: el que Joseph Losey pintó en una memorable película.


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