Cuentos de Perrault

Cuentos de Perrault

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Si tuviéramos que encerrar en dos palabras las características fundamentales de los Cuentos de antaño, diríamos solamente: simplicidad y mesura. Podrán estar trabajados —que lo están—, pero no lo parece. Todo ha sido medido, dosificado, economizado con un acierto admirable. Diríamos que su labor, más que de creación, ha sido de poda: ni un adjetivo inútil, ni una partícula de más. En compensación va repitiendo las fórmulas típicas del cuento; el giro escueto que graba en la mente del lector u oyente el rasgo de una persona (era la más hermosa, el más grande, el más valiente… «que se pudo ver jamás»); la técnica de la frase estereotipada, que sin caer ni de lejos en la monotonía crea un extraño clima de intensidad, incluso de ansiedad (¿no es un verdadero poema trágico ese «sol que polvorea» y esa «hierba que verdea», mientras Barba azul hace temblar la casa con sus gritos?). Y sobre todo, el encanto del prodigio sencillo: todo ocurre tan lisa y llanamente, que nos sentimos tentados a creerlo. ¿Cómo no aplaudir esa insuperable descripción de dos líneas: «los propios asadores, que estaban puestos al fuego llenos de perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego»? ¿Se puede decir con menos palabras y más plásticamente? Todo es tan cercano, tan reconocible, tan natural, que sin duda los lectores de 1700 no se hubieran sorprendido de encontrarse un hada sonriente por la calle.


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