Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault —¿Que no viene a cuento? —repuso el otro—. No solo tales pensamientos convienen al tema, pero incluso son ahà absolutamente necesarios. Necesitabais hacer creÃble la paciencia de vuestra heroÃna: ¿y qué otro medio os quedaba que el de mirar los malos tratos de su esposo como venidos de la mano de Dios? Sin eso, se la tomarÃa por la más estúpida de las mujeres, lo que indudablemente no serÃa de buen efecto.
—Aún reprueban —les dije— el episodio del joven caballero que se casa con la princesa.
—Error —repuso él—; como vuestra obra es un verdadero poema por más que le hayáis dado el tÃtulo de novela, es preciso que al final no deje nada que desear. Pero, si la princesa volviera al convento sin casarse después de haberlo esperado, ni quedarÃa contenta ella ni los que leyeran la novela.
A consecuencia de tal discusión, he decidido dejar mi obra poco más o menos como fue leÃda en la Academia. En una palabra, he tenido el cuidado de corregir las cosas que se me ha demostrado ser malas en sà mismas; pero, en lo que atañe a las que me han parecido no tener otro defecto que el de no ser del gusto de algunas personas quizá excesivamente delicadas, he creÃdo que no debÃa tocarlas.
¿SerÃa una razón definitiva
para alzar de la mesa un rico plato
el que haya un invitado que lo esquiva,