Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault quienes, brillantemente engalanados,
dejaron sus estados,
para asistir a tan notable día.
Llegar se los veía
de los cálidos climas de la aurora[71],
montados en sus grandes elefantes,
también vinieron de la costa mora[72],
que, más negros y feos que los de antes,
con aquellas facciones
asustaban a niños y lactantes;
finalmente, de todos los rincones
del mundo van llegando,
hasta quedar la corte rebosando.
Mas sea como fuera,
no hubo príncipe ni hubo potentado
que con más esplendor apareciera
que el padre de la novia, el que anduviera
en otro tiempo de ella enamorado,
que con el tiempo había purificado
el fuego en que su alma antaño ardiera.
Había desterrado
al fin todo deseo criminal,
y lo poco que en su alma generosa
quedaba de la antigua llama odiosa
aumentaba el cariño paternal.
No bien la divisó: «¡Alabado sea
el Cielo, que permite que te vea