Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault despedía mil rayos, comparables
solo a los de sus ojos admirables,
azules, grandes, dulces y rasgados,
que, de orgullosa majestad cargados,
jamás mirar supieran
sin herir y agradar a quien los vieran;
y su cintura, en fin, que de tan fina,
y menuda como era
abarcar con dos manos se pudiera,
mostraron su gentil gracia divina,
ante tanto atractivo,
las damas de la corte,
con todos sus encantos y alto porte,
perdieron su incentivo.
En medio del bullicio y alborozo
de la asamblea entera,
el buen rey no cabía en sí de gozo
viendo los atractivos de su nuera;
también la reina estaba entusiasmada,
y el príncipe, su amante, sucumbía,
con el alma de júbilo inundada,
al peso de su arrobo y alegría.

Bien pronto cada cual se dio al empleo
de prepararse para el himeneo;
el monarca invitó con mil honores
a los reyes de los alrededores,