Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault el cetro y la corona,
y que, con la cabeza coronada,
no hay nariz que no esté bien modelada,
como no existe nada que posea
la fuerza del deseo de agradar,
prefirió su tocado[80] conservar
antes que hacerse reina siendo fea.
No cambió el leñador, en fin, de estado,
y no se convirtió en un potentado,
y ni bolsa ni arqueta
consiguió ver de escudos bien repleta,
feliz como se hallaba
de emplear el deseo que quedaba,
para, con su concurso
(débil felicidad, pobre recurso),
volver a su mujer como ella estaba.
Se ve, pues, que los hombres miserables,
ciegos, atolondrados y variables,
no deben formular deseo alguno,
y que de entre ellos no hay casi ninguno
que sepa usar de modo acomodado
las mercedes que el cielo le ha otorgado.