Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault resultaba una auténtica bicoca,
tan grande, que en aquel feliz momento
andúvole rondando el pensamiento
la tentación golosa
de no desear ya ninguna cosa.
«Pudiera —se decía— fácilmente,
después de una desgracia tan funesta,
emplear el deseo que me resta
en convertirme en rey seguidamente.
Desde luego no existe nada igual
al esplendor real;
pero pensar aún es conveniente
qué físico la reina ofrecería,
y en qué dolor se la sumergiría
al sentarla en un trono, soberana,
y con una nariz de más de un ana.
Escucharla sobre esto convendría,
que ella misma decida en esta empresa
si quiere convertirse en gran princesa
con la horrible nariz que tiene ahora,
o, si no, seguir siendo leñadora
con la nariz corriente
como la de cualquier bicho viviente,
y como todavía
antes de esta desgracia ella tenía».
Al fin, la cosa bien examinada,
y aun sabiendo el poder que proporciona