La educacion del estoico

La educacion del estoico

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Las pequeñas emociones permanecieron. Una brisa en una parte tranquila del campo parece que me turba [?] el alma. Una ráfaga lejana de la música de la filarmónica de la aldea me recuerda sonoridades más allá de los efectos de todas las sinfonías. Una viejecita en la puerta hace aflorar toda mi bondad. Un niño sucio, parado ante mí, me ilumina. Gozo de ver al gorrión posándose en la cuerda, y esto sucede ante mí, como una visión inextricable de la propia verdad[19].

Pertenezco a una generación —suponiendo que esa generación sean más personas que yo— que ha perdido por igual la fe en los dioses de las religiones antiguas y la fe en los dioses de las irreligiones modernas. No puedo aceptar a Jehová, ni a la humanidad. Cristo y el progreso son para mí mitos del mismo mundo. No creo en la Virgen María ni en la electricidad.

Siempre he sido un milimetrista del pensamiento, escrupuloso en el lenguaje que utilizaba y en la disposición del pensamiento que tenía que exponer.

La muerte de mi madre rompió el último de los lazos externos que me unían todavía a la sensibilidad de la vida. Al principio quedé aturdido; es ese aturdimiento que no te confunde[20], pero que parece un vacío muerto en el cerebro, un conocimiento intuitivo de[21] la nada. Después, el tedio que se volvió angustia degeneró en aborrecimiento.


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