La educacion del estoico
La educacion del estoico El sueño, el devaneo —la fragilidad del alma que suele aquejar a los figurines felices, a los prÃncipes, a los amados, a las celebridades…— esa disposición â—» siempre me ha parecido repugnante y vil[58].
Repudié el sueño como un vicio de colegial o como algo propio de un loco. Pero también repudié la realidad, o más bien ella me repudió a mÃ, no sé por qué; por incompetencia, o por desaliento, o por incomprensión. No he servido para ninguna de las dos maneras de gozar: ni para el placer de lo real, ni para el placer[59] de lo imaginado.
No me quejo de los que me rodean o me rodearon. Nunca nadie me ha tratado mal de ningún modo, en ningún sentido. Todos me han tratado bien, pero con distancia. Luego comprendà que la distancia estaba en mÃ, que venÃa de mÃ. Por eso puedo decir, sin ilusión, que siempre fui respetado. Amado, o querido, nunca lo fui. Hoy reconozco que no podrÃa serlo. TenÃa buenas cualidades, tenÃa emociones fuertes, tenÃa â—», pero no tenÃa lo que se llama amor.
… las personas de mi condición de espÃritu: Rousseau, Chateaubriand, Senancour[60], Amiel. Pero Rousseau perturba el mundo, Chateaubriand â—». Amiel deja, al menos, un diario Ãntimo. Yo soy un ejemplo más perfecto que ellos del dolor que todos padecemos por tanto, no he dejado cosa alguna[61].