Libro del desasosiego
Libro del desasosiego El cielo —imposiblemente, recuerdo— era de un resto morado de oro triste y la lĂnea agĂłnica de los montes, clara, tenĂa una aureola cuyos tonos de muerte le penetraban, acariciadores, en la astucia de sus contornos. En la otra amurada del barco (hacĂa más frĂo y era más de noche bajo ese lado de cubierta) el ocĂ©ano temblaba hasta donde el horizonte del Este se entristecĂa y donde poniendo penumbras nocturnas en la lĂnea lĂquida y oscura del mar extremo, un hálito de oscuridad flotaba como una niebla en dĂa de calor.
Recuerdo que el mar poseĂa tonalidades de sombra, con figuras mezcladas de tenue luz —y todo era misterioso como una idea triste en una hora de alegrĂa, profĂ©tica no sĂ© de quĂ©.
No partĂ de un puerto conocido, ni hoy puedo recordar quĂ© puerto era, pues nunca estuve en Ă©l. Además, el propĂłsito ritual de mi viaje era buscar puertos inexistentes, puertos que fuesen apenas arribar-a-los-puertos, caletas olvidadas por los rĂos, estrechos entre ciudades irreprensiblemente inexistentes. Sin duda creĂ©is al leerme que mis palabras son absurdas, pero es que nunca viajasteis como lo hago yo.