Libro del desasosiego

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Al verte supe que aunque las ciudades cambien, los campos son eternos. Llaman bíblicas a las piedras y a los montes, porque son siempre los mismos, idénticas a cómo debían haberlo sido en los tiempos bíblicos.

En el contorno pasajero de tu anónima figura pongo toda la evocación de los campos y la calma toda que nunca tuve me llega al alma cuando en ti pienso. Tu andar tenía un leve balanceo, un ondear incierto y en cada gesto se te posaba un ave; tenías enredaderas invisibles enroscadas en el […] de tu busto. Tu silencio —era al caer de la tarde, y balaba un cansancio de rebaños, haciendo sonar la esquila contra las laderas pálidas del atardecer— y tu silencio era el canto del último pastor que, olvidado en una eterna égloga nunca escrita por Virgilio, quedó hechizada eternamente por los campos su silueta. Es posible que sonrieras; a ti sola, a tu alma, viéndote a ti en tu idea, sonriente. Pero tus labios eran apacibles como el perfil de los montes, y el gesto que se me olvida de tus rústicas manos, acicalado con las flores de los campos.

Fue en un cuadro donde te he visto. Pero ¿de dónde me viene la idea de que te aproximaste y pasaste junto a mí y yo seguí, sin volverme hacia atrás por estarte viendo siempre y todavía? Se detiene el Tiempo para dejarte pasar y yo me equivoco cuando te quiero posar en la vida o en algo que semeje a la vida.


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