Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Ni alrededor de esas figuras en cuya contemplación me entretengo, acostumbro urdir cualquier farsa de fantasía. Las veo y su valor para mí consiste sólo en ser vistas. Todo lo que yo les añada las disminuiría, pues disminuiría por así decir, su «visibilidad».
Al yo fantasear sobre ellas, forzosamente, en el mismo momento de fantasear, lo reconocería como falso; y si lo soñado me agrada, lo falso me repugna. El sueño puro me encanta, el sueño que no guarda relación con la realidad, ni contacto con ella. El sueño imperfecto, con un punto de partida en la vida, me disgusta o, por así decir, me disgustaría en caso de que yo me dejase liar por él.
Para mí, la humanidad es un vasto motivo de ornamentación que vive en los ojos y en los oídos y acaso en la emoción sicológica. Nada quiero de la vida salvo asistir a ella. No quiero nada de mí salvo asistir a la vida.
Soy como un ser de otra existencia que pasa indefinidamente interesado a su través. En todo la considero ajeno a mí. Entre ella y yo hay como un cristal y quiero que ese cristal esté siempre limpio para poder examinarla sin nada de por medio. Pero quiero que el cristal esté siempre ahí.