Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No los siete palmos de frÃa tierra que se cierran sobre los ojos sellados bajo el sol ardiente junto a la hierba verde, sino la muerte que excede nuestra vida siendo vida ella misma —una muerta presencia en algún dios, el ignoto dios de la religión de mis Dioses.
El Ganges pasa también por la Rua dos Douradores. Todas las épocas están en este cuarto estrecho —la mezcla […] la sucesión multicolor de las maneras, las distancias entre los pueblos, la vasta variedad de las naciones.
Y allÃ, en éxtasis, en una sola calle, sé esperar la Muerte entre espadas y almenas.
Hoy, más parsimoniosa que nunca, ha llegado la Muerte a vender ante mi umbral. Delante de mÃ, más atrasada que nunca, ha desplegado las alfombras, las sedas, los damascos de su olvido y de su consuelo. SonreÃa por ellos, elogiosamente, sin importarle que yo la viese. Pero cuando hice ademán de comprar Ella me dijo que nada vendÃa. No habÃa venido para que me interesara por lo que ella mostraba, sino porque en lo que mostraba, me interesara por ella. De sus alfombras me dijo que eran las que pisaban en su palacio lejano; de sus sedas, que no tenÃa otras en su castillo de sombra; de sus damascos, que mejores eran los que cubrÃan los retablos de sus salones allá en el fin del mundo.
