Libro del desasosiego
Libro del desasosiego ¡Señor Rey erguido de las tumbas, que viniste de noche, con el reflejo de la luna, a contar tu vida a las vidas, paje de los lirios deshojados, heraldo imperial de la frialdad del marfil!
¡Señor Rey Pastor de las Vigilias, caballero andante de las Angustias, sin gloria y sin dama en el reflejo lunar de los caminos, señor de los bosques y los acantilados, perfil mudo, de visera caída atravesando los valles, incomprendido por las aldeas, mancillado por los pueblos, despreciado por las ciudades!
Señor Rey que la Muerte consagró como Suyo, pálido y absurdo, olvidado y desconocido, reinando entre bastas piedras y terciopelos vetustos, en su trono en el confín de lo Posible, con su cohorte irreal cubriéndolo de sombras y su milicia fantástica, mirándolo misteriosa y vacía.
Traed pajes, traed vírgenes, traed siervos y siervas, copas, salvas y guirnaldas para el festín al que la Muerte invita. Traedlos y presentaos de negro, con la cabeza coronada de mirtos.
Traed mandrágora en las copas […] en las salvas, y las guirnaldas sean de violetas […] de todas las flores que nos hagan recordar la tristeza.
Va el Rey a cenar con La Muerte, en su palacio antiguo, a orillas del lago, entre las montañas, lejos de la vida, ajeno al mundo.