Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Son prolijos satenes, púrpuras perplejas y los imperios siguen su rumbo de muerte entre despliegues exóticos de banderas por las calles anchas y lujuriosas de las marquesinas de las paradas. Han pasado los palios. Había calles toscas o limpias en los recorridos de los desfiles. Fulguraban friolentas las armas llevadas en las dolorosas lentitudes de las marchas inútiles. Olvidados los jardines en los suburbios y las aguas en los surtidores, mera continuación de lo dejado, cayendo risas lejanas entre recuerdos de luces, no porque las estatuas hablasen en las avenidas, ni porque se perdiesen, entre amarillos sucesivos, los tonos del otoño orlando tumbas. Las alabardas, esquinas de épocas pomposas, verdinegras, morado viejo y granate el tono de los vestidos; plazas desiertas en medio del menosprecio; y nunca más por entre los arriates pasearán las sombras que han dejado las siluetas de los acueductos.
En tanto los tambores, los tambores hacían sonar la hora del temblor.
