Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Ojalá pudieses comprender tu deber de ser sólo el sueño de un soñador. Ser sólo el incensario de la catedral de los devaneos. Ojalá tallaras tus gestos como sueños, para que fuesen sólo ventanas abiertas hacia los nuevos paisajes de tu alma. De tal modo construir tu cuerpo en remedos de sueño, que no fuese posible verte sin pensar en otra cosa, que lo recordases todo menos a ti misma, que verte fuese oír música y atravesar, sonámbulo, vastos paisajes de lagos muertos, bosques silenciosos perdidos al fondo de otras épocas, donde invisibles parejas distintas vivieran sentimientos inexistentes.
Yo sólo te querría para no tenerte. Querría que soñando, cuando aparecieses, pudiera imaginarme soñando aún —ni siquiera viéndote, sino fijándome cómo la luna cubre de […] los lagos muertos y que los ecos de las canciones ondearan de repente en el gran bosque inexplícito, perdida en épocas imposibles.
La visión de ti sería el lecho donde mi alma durmiera, niño enfermo, para soñar de nuevo con otro cielo. ¿Hablarías? Aunque oírte no fuese más que ver grandes puentes bajo la luna uniendo las dos márgenes oscuras del río que va al anciano mar donde las carabelas son ya nuestras para siempre.