Libro del desasosiego

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El patrón Vasques. Lo veo lejos hoy, como lo veo hoy aquí mismo —estatura media, achaparrado, grosero con límites y afectos, franco y astuto, brusco, afectuoso— como jefe, más allá de su dinero, con sus manos velludas y lentas, con las venas marcadas como si fueran pequeños músculos coloreados, el cuello fuerte pero no grueso, los carrillos colorados y al mismo tiempo tensos, bajo la barba oscura y recién afeitada. Lo estoy viendo, veo su manera enérgica de pasear, sus ojos de pensar hacia dentro las cosas de afuera, y soy consciente de su malhumor cuando no le complazco y el alma niña se me alegra cuando sonríe, con una sonrisa franca y humana, como el aplauso de una multitud.

Será, acaso, porque no hay cerca de mí una figura de más empaque que el patrón Vasques, que muchas veces, esa figura corriente y hasta ordinaria, se me enmaraña en la inteligencia y me distrae de mí mismo. Creo que es un símbolo. Creo o casi creo que tal vez en una vida remota, este hombre llegó a significar algo para mí, algo mucho más importante de lo que hoy significa.

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Los carros de las calles ronronean, sonidos aislados y lentos, acompasados, parece, con mi somnolencia. Es la hora de comer pero me he quedado en la oficina. El día es tibio y un poco nublado. En los ruidos hay, no sé por qué, quizás debido a mi somnolencia, la misma grisura que hay en el día.


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