Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Ella estrecha la primavera contra su seno y los ojos con que me mira son tristes. Sonríe desde el satinado del papel y sus mejillas son encarnadas. Tras de ella el cielo es de un azul de tejido claro. Tiene una boca recortada y hasta pequeña por cuya expresión postal los ojos me miran con gran tristeza. El brazo que sujeta las flores me recuerda el de alguien. El vestido o blusa se abre en un escote ladeado. Sus ojos son realmente tristes: se me quedan mirando desde el fondo de la realidad litográfica con una verdad distinta. Vino con la primavera. Sus ojos tristes son grandes, pero eso no tiene nada que ver. Me alejo del escaparate andando violentamente. Atravieso la calle y me vuelvo con una palpitación de impotencia. Ella sujeta aún la primavera que le asignaron y sus ojos son aún más tristes que los míos. Vista desde lejos, la litografía posee incluso más colores. La figura tiene una cinta de color más rosáceo que recoge en todo lo alto el cabello. No había reparado en eso. Hay en sus ojos humanos, por más litográficos que sean, algo terrible: el aviso inevitable de la consciencia, el grito clandestino de la existencia del alma. Con gran esfuerzo salgo del sueño en que estoy sudando y aparto de mí, como a un perro, la humedad de la tiniebla brumosa. Y por encima de mi desertar, en una despedida de algo, los ojos tristes de la vida, de esta oleografía metafísica que contemplamos a distancia, me observan como si yo conociese a Dios. El grabado tiene un calendario en la base. Está enmarcado por encima y por debajo por dos listoncillos negros de un reborde chato y mal pintado. Entre uno y otro, sobre el 1929 con trazos absolutamente caligráficos cubriendo el inevitable uno de Enero, los ojos tristes me sonríen con ironía.