Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Durante toda la noche, hora tras hora, el rasgueo de la lluvia bajó. Durante toda la noche, conmigo medio despierto, su fría monotonía ha insistido en los cristales. Ahora, un arañazo del viento, un aire más fuerte, azotábalos y el agua ondeaba con tristeza y pasaba sus veloces alas por la cristalera; ahora un ruido sordo que sólo producía sueño en el exterior muerto. Mi alma era la misma de siempre, entre sábanas o entre personas, dolorosamente consciente del mundo. Tardaba el día como tarda la felicidad y aquella hora parecía retrasarse indefinidamente.
¡Si el día y la felicidad no se presentasen nunca! Si esperar, al menos, no consistiera en la desilusión de hacerlo posible.
El ruido casual de un coche que ásperamente traqueteaba entre las piedras, crecía desde el fondo de la calle, crujía por debajo de los cristales y apagábase al final de la calle, hacia el fondo de la vaguedad de un sueño en el que no conseguía entrar. De cuando en cuando una puerta golpeaba en la escalera. A veces se escuchaba un chapotear de pasos líquidos, un rozar de ropa mojada. Una y otra vez cuando crecían los pasos, sonaban alto y molestaban. Después volvía el silencio, con los pasos que ya se apagaban y la lluvia proseguía, innumerablemente.