Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Un soplo suave de aire, que no siento por detrás de la ventana, rasga en desniveles aéreos la caÃda rectilÃnea de la lluvia. Clarea en alguna parte del cielo que no veo. Lo sé, porque detrás de los cristales a medio limpiar de la ventana de enfrente, veo vagamente el calendario de la pared, allá adentro, lo que hasta ahora no veÃa.
Olvido. No veo, sin pensar.
Cesa la lluvia y de ella queda por un momento, un jarineo de diamantes mÃnimos, como si, en lo alto, algo como un suave mantel, sacudiese azulmente sus miguitas. Siento que parte del cielo vuelve a su azul. Veo a través de la ventana de enfrente, más nÃtidamente el almanaque. Tiene una cara de mujer y el resto, fácilmente reconocible, es la pasta dentÃfrica más conocida de todas.
Pero ¿en qué estaba pensando yo antes de perderme en esto de ver? No sé. ¿Voluntad? ¿Esfuerzo? ¿Vida? Con una gran apertura en la luz, se ve que el cielo es casi todo azul, pero no hay sosiego —ni nunca lo habrá— en el fondo de mi corazón, pozo viejo en el extremo de la huerta vendida, memoria de la infancia cerrada al polvo del sótano de la casa ajena. No encuentro sosiego —y, ay de m×, ni siquiera el deseo de hallarlo…