Libro del desasosiego
Libro del desasosiego —Paseé por las orillas de los rÃos cuyo nombre siempre he ignorado. En las mesas de los cafés de las ciudades visitadas me he descubierto pensando que todo me sabÃa a sueño, a bruma. A veces llegué a tener serias dudas de si me encontraba sentado a la mesa de nuestra antigua casa, inmóvil y deslumbrado por los sueños. No puedo afirmarle que eso no haya ocurrido, ni que yo no siga ahora allÃ, o que todo esto, incluyendo esta conversación con usted, no sea falso y ficticio. ¿Usted quién es? Se da el caso absurdo de no poderlo explicar…
Espaciadamente, una luciérnaga va sucediéndose a sà misma. En torno, oscuro, el campo es una gran ausencia de ruido que huele casi bien. La paz de todo duele y pesa. Un tedio informe me ahoga.
Pocas veces voy al campo y casi nunca paso un dÃa entero o un par de dÃas allÃ. Pero hoy, que este amigo en cuya casa estoy, no me ha consentido rehusar su invitación y vine hacia aquà lleno de apuro —como el de un tÃmido en una gran fiesta—, llegué aquà con alegrÃa, disfruté del aire y de la grandeza del paisaje, almorcé y cené bien, y ahora, en la honda noche, en mi cuarto sin luz, el lugar me llena de angustia.
