Libro del desasosiego
Libro del desasosiego La ventana del cuarto donde dormiré, da al campo abierto, a un campo indefinido, que es todos los campos, hacia la noche vagamente estrellada, donde una brisa que no se oye puede sentirse. Sentado en la ventana, contemplo con los sentidos todo este vacío de la vida universal que está ahí afuera. La hora se armoniza con una inquieta sensación, desde la invisibilidad visible de todo, hasta la madera vagamente rugosa de haber saltado la pintura vieja del alféizar blanquecino, donde extiendo y apoyo de lado mi mano izquierda.
¡Cuántas veces, sin embargo, no habré ansiado esta paz de la que ahora huiría, si fuese fácil o decente! ¡Cuántas veces creo —ahí abajo, entre las calles estrechas por las casas altas— que la paz, la prosa, lo definitivo, estaría antes aquí, entre las cosas naturales, que allí, donde el mantel de la civilización hace olvidar el pino ya pintado sobre el que se asienta! Y ahora, aquí, sintiéndome saludable, cansado de estar bien, estoy tranquilo, preso, nostálgico.