Libro del desasosiego

Libro del desasosiego

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Terreno de juncos a la orilla de los ríos, terreno para cazadores y angustias, las márgenes irregulares entran, como pequeños cabos sucios, en las aguas plomizas y amarillas y retornan hacia bahías fangosas, para barcos casi de juguete, en riberas de aguas relucientes en su superficie de lodo oculto entre las cañas verdinegras de los juncos, por donde no hay quien ande.

La desolación es de un ceniciento muerto, aquí y allí, arrugándose en nubes más negras que el tono del cielo. No siento el viento, pero lo hay, y la otra orilla, al final, es una larga isla, detrás de la cual se divisa —¡grande y abandonado río!— la otra orilla verdadera, varada en la distancia, sin relieve.

Nadie llega allí, ni llegará nunca. Aunque por una grieta contradictoria del tiempo y el espacio, pudiera evadirme del mundo hacia ese paisaje, nadie llegaría nunca allí. Esperaría en vano lo que no sabría que estaba esperando, ni habría, salvo al final de todo, más que un anochecer lento, volviéndose todo el espacio, lentamente, del color de las nubes más negras, que poco a poco emergerían sobre el conjunto abolido del cielo.

Mas, de repente, siento aquí el frío de allí. Me empapa el cuerpo, desde los mismos huesos. Respiro alto y despierto. El hombre que cruza a mi lado, bajo el Arco que está junto a la Bolsa, me mira con una desconfianza de quien no sabe qué es lo que pasa. El cielo negro, apretándose, caía más abajo, hacia el Sur.


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