Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Uno de los paseos predilectos, en las mañanas en que temo ya las banalidades del día que llega como quien teme a la cadena, es el de seguir lentamente por las calles, antes de que abran las tiendas y los almacenes, para escuchar los trozos de frases que los corrillos de muchachas, de chavales, y de los unos con los otros, dejan caer, como limosnas irónicas, en la escuela invisible de mi meditación abierta.
Y es siempre la misma sucesión de las mismas frases… «Y entonces dijo ella…» y el tono expresa su intriga. «Si no fue él, es que has sido tú…» y la voz que responde se defiende con una protesta que ya no oigo. «Lo dijiste, sí señor, claro que lo dijiste…» y la voz de la costurera añade estridentemente «mi madre dice que no quiere…», «¿Yo?», y el asombro del chaval que trae su bocadillo envuelto en papel de estraza no me convence, como tampoco debe convencer a la rubia teñida. «A lo mejor era…» y la sonrisa de tres de las cuatro muchachas acerca a mi oído la obscenidad que […]. «Y entonces me puse delante mismo del tío, y allí, en su propia cara —en su cara—, eh, tío…» y el pobre diablo miente, pues el jefe de la oficina —sé por su voz que el otro contendiente era jefe de una oficina desconocida— no recibió en la arena, entre las demás oficinistas, su gesto de gladiador de tres al cuarto. «Y, vamos, que me fui a fumar al servicio…» ríe el pequeño de fondillos oscuros en el pantalón.