Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Otros que pasan solos o acompañados no hablan o hablan y yo no los oigo, pero sus voces me son claras, como de una transparencia intuitiva y rota. No me atrevo a decir —no me atrevo a decirme a mà mismo cuando escribo, aunque más tarde lo cortase— lo que he visto en las miradas casuales, en su dirección involuntaria y baja, en sus sucios atrevimientos. No me atrevo porque, cuando se provoca uno el vómito, hay que provocarse sólo uno.
«El gachó tenÃa tal merluza que ni veÃa la escalera…». Levanto la cabeza. Este chavalote al menos describe. Y esta gente es mejor cuando describe que cuando siente, porque describir es olvidarse de uno. Se me pasa la fatiga. Veo al tipejo. Lo veo fotográficamente. Hasta la jerga inocente me anima. Bendito sea el aire que me da en la frente —el gachó iba tan trompa que ni veÃa que la escalera tenÃa escalones— tal vez la escalera donde la humanidad sube pegando tumbos, palpando y atropellando en la falsedad de la pendiente más acá del zaguán.