Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No me disgusta la regularidad de las flores dispuestas en los canteros. Odio, eso sí, el destino público de las flores. Si los canteros estuvieran en parques cerrados, si los árboles creciesen sobre rincones feudales, si los bancos estuviesen vacíos, tendría con qué consolarme en la contemplación inútil de los jardines. Así, en las ciudades, trazados y útiles, los parques son para mí como jaulas, donde la espontaneidad colorida de los árboles y de las flores ocupan un espacio que no les pertenece, un lugar para no escapar de él, y la belleza propia sin la vida que por derecho le pertenecen.
Pero hay días en que este paisaje sí me pertenece y entro en él como un figurante en una tragicomedia. En esos días ando perdido, pero, en cierto modo, soy más feliz. Cuando me distraigo sé que tengo una casa, un hogar al que volver. Si me olvido, soy normal, destinado a un fin, me cepillo otro traje y leo todo el periódico.