Libro del desasosiego

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Analizándome a la tarde, descubro que mi sistema estilístico se asienta en dos principios, y de inmediato, a la manera de los clásicos, erijo ambos principios en fundamentos generales de todo estilo: decir lo que se siente exactamente como se siente —claramente si es claro, oscuramente si es oscuro, confusamente si es confuso—, aceptando que la gramática es un instrumento, no una ley.

Supongamos que veo ante mí a una muchacha de modos masculinos. Un tipo corriente dirá: «aquella chavala parece un muchacho». Otro tipo corriente, pero más familiarizado con la consciencia de que hablar es ya decir, dirá de ella: «aquella chavala es un muchacho». Otro, igualmente consciente de las exigencias de la expresión, animado por el efecto de la concisión, que es la lujuria del pensamiento, dirá al verla: «Aquel muchacho». Yo diré, «aquella muchacho», violando así la más elemental regla de la gramática, que manda que haya concordancia de género y de número entre la voz sustantiva y la adjetiva. Y lo habré dicho bien; habré hablado en absoluto, fotográficamente, fuera de la vulgaridad, de la norma y de la cotidianidad. No habré hablado, sino que habré dicho.




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